El acto religioso llegaba después de un largo día, de trabajo, de entrenamiento de preparación física, psicológica y mental.
En todo eso entraban los amigos, las vivencias, nuevos conocidos, cosas que pasaban, circunstancias.
Mis esencias o persona estaba repartida entre Casa Ruché y Casa Ballarín sin ninguna duda. Eran mi familia.
Mi cena se pagaba de mi jornal mensual, del trabajo de cada día, y me gustaba tanto ese trabajo que pasó muy rápido el tiempo.
Si mi madre tiraba de mí, yo estaba en problemas. Lo dejé claro durante años.
Pero en la cena siempre brillaba la diosa del vino, y Cristina me dijo muchas veces que no bebiera tanto vino.
¿Pero qué es una buena cena sin la botella de vino que me ponía Cristina Bruned?.
Llegaba de ducharme en Ballarín, tomar un café en el hotel, y como único cliente de Cristina, ella encendía las luces del comedor.
- ¿Vas a cenar?.
Me preguntó muchas veces cuando me vio indeciso, que a lo mejor quería rebelarme contra la cena y la diosa del vino.
Yo la miraba como una persona de autoridad que lo único que buscaba es verme bien alimentado.
Quizás ella es la persona que más se daba cuenta que siempre he sido un crío hábido aventuras.
No porque quisiera hacer daño a nadie, pero iba detrás de cosas que para la mayoría son mariposas revoloteando por el campo.
Rara vez también salía el macarra, pero ese no era yo, sino un individuo que nació en tiempos de duras necesidades y supervivencia.
Procede de los tiempos del caimán, que llegué a ser el jefe de auténtico grupo de macarras.
Pero a partir de los dieciséis años todo cambió.
Todas estas vidas y todos estos seres circulaban todas las noches en las cenas solitarias servido por Cristina o Pepe.
Cada día les di gracias, muchas gracias, en silencio, mientras saboreaba los platos que sabían que me gustaban.
La botella de vino era la diosa de mi espiritualidad.
Me alejaba de las tentaciones y de las cosas malas, purgando la esencia del trabajador y del corredor de fondo.
¡Pues no!. Nunca me habían tratado con tanta estima ni tanta atención, la misma que yo quería devolver cada día sin complicarme en intereses.
Era un ritual tan cercano como misterioso.
La botella de vino y el cesto de pan eran lo más parecido a la misa de una iglesia, excepto por la escena tan familiar y cercana.
¡No os quiero desentrañar más!.
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